HISTORIA DE LA HERMANDAD DE LA SANTA VERACRUZ Y NUESTRO PADRE JESÚS EN LA COLUMNA

Autor: Miguel Forcada Serrano

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CAPÍTULO   3

 

LA FUNDACIÓN DE LA COFRADÍA DE LA VERA CRUZ DE PRIEGO

 

3.1.-UN NACIMIENTO DIFICIL.

 

            La fundación de la Cofradía de la Vera-Crux de Priego, se realizó en los primeros meses del año 1550 y estuvo pendiente durante casi un año, de la resolución de un pleito que los primeros cofrades hubieron de llevar ante el obispo de Jaén al sentirse desamparados por el Abad de Alcalá la Real quien, negándose a autorizar la creación de la cofradía, llegó a poner preso a uno de los hermanos de la Vera Crux.

            Los valiosísimos documentos que guarda en su archivo la Hermandad , agrupados en el llamado “libro de las Constituciones”, nos muestran claramente las pruebas a que se vieron sometidos los primeros hermanos y cómo finalmente, dentro del mismo año de 1550, la Cofradía fue aprobada con todas las bendiciones de la autoridad eclesiástica.

            Diego de Yebra y Benito de Almarcha y Benito Martín Carrillo y Diego de Salazar y Hernán Martín y Juan Fernández Carpintero, son los nombres de estos primeros hermanos cuyo empeño iba a dar origen a una institución de tan vigoroso arraigo popular, que cuatrocientos cincuenta años más tarde, permanece llena de vida, dando forma, generación tras generación, a la religiosidad de los prieguenses.

            El documento fundacional de la cofradía, que lleva fecha de 15 de Marzo de 1550 y que contiene las primeras constituciones, comienza con estas solemnísimas palabras: “ En el nombre de la Santísima Trinidad y de la eterna unidad Padre, Hijo y Espíritu Santo, que vive y reina siempre   sin fin, porque como dice el apóstol, todos los cristianos conviene que seamos hermanos en Cristo nuestro Salvador, al cual hayamos por padre en el cielo y en la tierra y le sirvamos con limpias entrañas y puros corazones... establecemos y ordenamos esta nuestra Hermandad, reglas y capítulos de ella a honra y gloria del omnipotente Dios y de la soberana Virgen nuestra señora y culto de la Santa Vera Cruz para provecho y aumento de salud para nuestras ánimas...”

            Como referencia directa, motivo y modelo en el que basan su petición, los fundadores aluden expresamente a una bula emitida por el Papa Pablo III (1534-1549) para los hermanos de la Vera Cruz de Toledo en 1536 y presentan copia de los estatutos y ordenanzas de dicha cofradía:

            “...algunos vecinos y moradores de la villa de Priego, movidos con celo y devoción querían ordenar y hacer una cofradía y hermandad de la santísima Veracruz de disciplinantes en el monasterio del señor san Francisco de la dicha villa... y porque más condescendiésemos a su instancia y devoción, presentaron ante nos un instrumento de gracias e indulgencias   concedidas a la dicha hermandad e cofradía de disciplinantes por nuestro muy Santo Padre Paulo, papa tercio, de feliz recordación, a instancia del Reverendísimo cardenal de Santa Cruz, juntamente con unos estatutos y ordenanzas que tienen los cofrades de la dicha cofradía en la ciudad de Toledo”.

            Junto a estos documentos, aparece una “carta que el doctor Ortiz envió desde Roma a los hermanos de la Santa Vera Cruz de Toledo” en la que se trata el tema de los abusos que cometían los disciplinan, carta que, al igual que las constituciones, comentaremos en los siguientes apartados a fin de no romper en este el relato de los sucesos ocurridos con motivo de la fundación.

            A la vista de la documentación que se presenta, el Abad de Alcalá, Juan de Avila, ordena con fecha 1 de Abril de 1550 al vicario general de la Abadía , licenciado Juan de la Serna , que autorice la creación de la cofradía:

            “... condescendiendo en lo que se nos pide por la presente os damos nuestras veces y todo nuestro poder... para que en nuestro nombre podáis dar y deis licencia a los dichos hermanos   y moradores de la villa de Priego para que puedan hacer y regir e instituir la dicha cofradía...”

            En su misiva al vicario general, el abad insiste en que no se pueden crear cofradías sin su especial licencia debido a importantes razones que no expresa y expone algunas condiciones que deben cumplir los estatutos o constituciones. En primer lugar, éstas deben ser justas y conforme a derecho; en segundo lugar deben ser semejantes a las que rigen para la cofradía de la Vera Cruz de Toledo; en tercer lugar señala expresamente que en ellas se establezcan penas pecuniarias a quienes las incumplan, en vez de obligarse a ello por medio de juramentos, “por la ocasión que puede haber y la experiencia lo muestra, de mentir y caer en perjurios”; en cuarto lugar ordena que las disciplinas sean moderadas para que “no pongan en detrimento notable a las dichas personas e cofrades...”; por último, el abad otorga al vicario el mismo poder para que apruebe otras cofradías de la Vera Cruz en la ciudad de Alcalá la Real o en cualquier otra villa o lugar dependiente de la abadía, cuyos vecinos lo soliciten.

            Pero la buena disposición del Abad para bendecir la creación de la Cofradía iba a quedar detenida a causa de una misiva que llegó desde Priego a la abadía. Lo ocurrido ha quedado descrito en los propios documentos fundacionales de la Cofradía. Enterados de la pretensión de los primeros hermanos, los beneficiados y capellanes de las iglesias de Priego interpusieron una alegación pidiendo que los nuevos cofrades no pudiesen congregarse en el monasterio de San Francisco; el motivo de la petición se expresa sin ambajes: “... porque ellos perdían muchos derechos y limosnas que les pertenecían y son anexas a sus beneficios...”.

            Planteado el conflicto, el provisor de la Abadía paraliza la aprobación de la Cofradía a fin de oír a las dos partes en litigio; los hermanos fundadores apelan de inmediato ante el Obispado de Jaén que mantenía frente a la Abadía ciertas prerrogativas como la facultad jurisdiccional en segunda instancia. El Obispado falla a favor de la Cofradía y los hermanos empiezan a ejercer según sus Constituciones ante lo cual el provisor de la Abadía de Alcalá reacciona mandando prender a un hermano y procede contra otros varios acusándolos de pedir limosna sin permiso y condenándolos a excomunión. Los cofrades, agraviados, apelan de nuevo ante el Obispo de Jaén y allí se detiene el pleito durante varios meses. La desmoralización debió cundir entre aquellos primeros hermanos y el conflicto enturbió sin duda las relaciones entre el Convento de San Francisco y los sacerdotes que gobernaban las iglesias de Priego.

            El 15 de Diciembre de 1550 de nuevo un grupo de hermanos de la Vera Cruz entre los que, además de los ya mencionados como Hermanos Mayores, figuran Francisco Díaz y Diego de Solana, se presentan ante el notario Alonso de Castro y firman una declaración que pone fin al conflicto. En ella se afirma que lo que les movió a fundar la Cofradía fue el “ servicio a Dios y tener paz y conformidad como hermanos y esta no (se) puede tener pasando adelante los dichos pleitos y discordias...”. A continuación renuncian a continuar con los pleitos que llevaron a Jaén y retiran los poderes que han otorgado para tramitarlos. A cambio conseguirán permiso para tener su residencia en el convento e iglesia de de San Francisco, quedarán aprobadas sus Constituciones y podrán dedicar las limosnas que reciban a costear sus propios cultos. Esta declaraciòn, que suponía el sometimiento de los fundadores a la justicia eclesiástica, eliminó todos los impedimentos existentes para la aprobación definitiva de la Cofradía de la Vera Cruz. Acto seguido se levanta la excomunión a los hermanos que habían sido condenados a ella por pedir limosna sin licencia, se exime a los cofrades del pago de costas por los pleitos habidos y se aprueban definitivamente las Constituciones.

 

3.2.- LAS PRIMERAS CONSTITUCIONES.

 

            Presentamos a continuación una síntesis de las primitivas Constituciones de la Cofradía de la Vera Cruz , remitiendo al apéndice correspondiente a los interesados en hacer una lectura completa de las mismas.

            Tras el muy solemne preámbulo cuyo comienzo antes hemos citado, las Constituciones se componen de treinta y dos capítulos o artículos numerados y titulados cada uno de ellos con un enunciado que resume el contenido del capítulo.

            Cap. 1.- Todos los hermanos deben estar presentes el Jueves Santo en la Misa Mayor “para que con sus candelas encendidas acompañen al Santo Sacramento...”. Se obligan a estar confesados y a cumplir con la iglesia matriz para que, con la conciencia limpia puedan aquella noche hacer las disciplinas y “ganar las indulgencias e perdones que por nuestro muy Santo Padre les son concedidas...”. El hermano que incumpla este artículo sin válida excusa, deberá pagar medio real de pena.

            Cap. 2.- Cuando alguien solicite entrar en la Hermandad , se avisará al Mayordomo quien, secretamente, indagará sobre la vida y fama del solicitante, señalándose como especial impedimento el que viva “amancebado”. Si resulta digno de pertenecer a la hermandad, el Mayordomo dará a conocer la solicitud en cabildo general y si nadie se opone a la admisión, se le admitirá como nuevo hermano, pagando cuatro reales como cuota de entrada, un real al escribano y medio al portero; además, deberá aportar túnica y disciplina. Si se acuerda no aceptarle como hermano el Mayordomo   “le responda lo mejor que pudiere, no dándole a entender que no le quieren recibir”. Si el solicitante está enemistado con algún miembro de la Hermandad , deberá reconciliarse con él y si no lo hace no será admitido. También se comprometerá por escrito ante testigos, a cumplir las Constituciones.

            Cap. 3.- Tras el fallecimiento de un hermano, podrá entrar en su lugar su hijo mayor y si no lo desea podrá entrar el segundo o el tercero. Si entre los hijos no hay varón, podrá entrar la hija mayor aunque ella no podrá entrar en cabildo ni en las procesiones.

            Cap. 4.- Si fallece un cofrade, su viuda será tenida por cofrade, pero si la viuda se casare, perderá la condición de cofrade, salvo que jure de nuevo y pague su cuota de cuarenta maravedíes como los demás hermanos para que se les digan las quince misas que suelen decirse por cada hermano. Si no paga se le dirá sólo la misa del enterramiento.

            Cap. 5.- Los hermanos que entran “para lumbre” no tienen que aportar túnica, disciplina y otras cosas anexas. Por lo tanto estos hermanos deberán pagar al menos medio ducado y una libra de cera además de pagar sus derechos al escribano y portero.

            Cap. 6.- El día de Jueves Santo “de cada un año para siempre jamás...” los cofrades saldrán en procesión de disciplina, de la iglesia de San Francisco y recorrerán las estaciones según hayan acordado los Hermanos Mayores. La primera estación será en Santa María, Iglesia matriz. Para preparar la procesión será obligatorio asistir a cabildo el primer día de cuaresma en el Monasterio de San Esteban. Se avisará a todos para el Domingo de Ramos y ese día estarán colgadas en el lugar de reunión las túnicas y disciplinas con mucho orden y la cruz o imagen. Allí nos pediremos perdón unos a otros y si alguien no quisiere perdonar pague de pena dos libras de cera y si no acepta esta pena será expulsado no pudiendo hacer la disciplina hasta que perdone. Quien no asista a cabildo pagará de pena una libra de cera. Si los hermanos mayores y el mayordomo no tienen preparado todo lo antedicho, pagarán tres libras de cera cada uno.

            Cap. 7.- Se prohibe ahora y para el futuro dar colación el Jueves Santo a ningún cofrade, ni clérigo ni cantor, para no dar ocasión a que digan que nos juntamos para glotonear o emborracharnos en semejante día y no para servir a Dios; a los cantores se les pagará en dinero. Se pondrán dos hermanos de lumbre a la puerta donde estén los hermanos de disciplina desnudándose para hacerla, a fin de que no entre ninguna persona ajena a la disciplina.

            Cap.8.- Se celebrarán solemnemente las fiestas de la Santa Cruz de Mayo y la Exaltación de Septiembre, con procesión y trompetas y música si se puede. Los viernes de cada semana se dirá una Misa cantada a honra de la Pasión de Cristo, por la intención de todos los hermanos vivos y difuntos, y por los bienhechores que ayudan con sus limosnas. El segundo día de cada una de las Pascuas se dirá una misa rezada a las cuales están los hermanos obligados a asistir, siendo avisados. El que no viniese pagará diez maravedíes de pena.

            Cap. 9.- Pata honrar las fiestas habrá seis cirios de seis libras o más para que ardan en dichas fiestas. Estos cirios acompañarán a las cabezas mayores de nuestros hermanos desde que el cuerpo saliere de su casa hasta que se entierre. Así mismo habrá un hacha para las misas de entre año.

            Cap. 10.- Serán tenidos por “cabeza mayor” los cofrades o sus mujeres o sus hijos desde siete años para arriba, entre tanto que no fueren casados.

            Cap. 11.- Cuando fallezca algún cofrade o su mujer, iremos todos a enterrarle llevándole desde su casa hasta la iglesia donde se enterrará, si es dentro de la villa. Iremos llevando candelas encendidas y cada hermano rece por el cofrade difunto diez avemarías o diez padrenuestros. Estamos obligados a volver con los parientes a la oración. El cofrade que no venga al enterramiento estando avisado que pague diez maravedíes de pena y si viene estando el cuerpo ya en la iglesia, pague la mitad y si no acompaña a los parientes, pague cinco maravedíes.

            Cap. 12.- Si un cofrade se entierra por la mañana se dirá una vigilia y misa cantada en la iglesia donde se enterrare. Si fallece en la tarde o vísperas, que se le diga la misa cantada al día siguiente u otro día cualquiera. Para dichos enterramientos sean llamados nuestros hermanos clérigos pagándose medio real a cada uno. Y si no viniese estando avisado o convida a otro en su lugar, que pague lo que había de cobrar. Además de la misa de enterramiento se dirán quince misas rezadas en el monasterio donde nuestra cofradía está establecida.

            Cap. 13.- Por cuanto es una de las siete obras de misericordia el visitar a los enfermos, debemos cumplir con todos nuestros hermanos. Por nuestros hermanos mayores se nombrarán visitadores que sean hombres ancianos “porque conozcan mejor la necesidad que tiene el tal enfermo” . Si alguno de los nombrados no visita al enfermo, que pague un real de plata.

            Cap. 14.- Estamos obligados a velar a los hermanos que estén en agonía y después de muerto hasta que lo lleven a enterrar y esto lo hagan los vecinos más cercanos. Que no velen una vez los que han velado otra. Durante el día pueden señalarse hermanas para velar. El que no fuere a velar sin causa legítima, pague pena de un real.

            Cap. 15.- Pagará al portero quien le encargue su trabajo pero si el cofrade no tuviese para pagar los avisos, que se paguen del arca. Se le pagará un real si hubiese de hacer la sepultura y enterrarlo, pero si sólo ha de avisar, se le dará medio real.

            Cap. 16.- Cuando alguien se encomienda a nuestra cofradía para que lo enterremos por limosna, estará obligado a dar a la cofradía veintidós reales y la cofradía le dirá una vigilia y misa de réquien cantada. Todos los hermanos estamos obligados a estar en dicha misa como si fuese cofrade. El que no viniere que pague pena como si el difunto fuese cofrade.

            Cap. 17.- Si algún cofrade se fuese a vivir fuera de la villa, se le anotará en el libro de la cofradía para que cuando vuelva pague las luminarias que deba de los años que ha estado fuera. Si el cofrade muere fuera de la villa, pagará las luminarias si tiene de qué pagar y se le dirán las quince misas y la del enterramiento. Si está en lugar que no puede pagar las luminarias se le dirá sólo la misa del enterramiento, pero si fuese pobre, que no pierda nada de las misas.

            Cap. 18.- Los cofrades pagarán cada año diecisiete maravedíes de luminaria. El mayordomo que tenga a su cargo el arca del dinero cobrará las luminarias, mandas, tributos, entradas y otras cosas y dará cuenta al terminar su año pagando sobre tabla o en prendas. Y se hará cargo al mayordomo que entre, estando de acuerdo con todo lo que recibe, así en dinero como en prendas de la cofradía.

            Cap. 19.- Cada año, por el día de la fiesta de la Exaltación de la Cruz , se nombrarán mayordomos y oficiales para el año venidero, eligiendo la cofradía una o dos personas de las más antiguas, junto con los mayordomos y oficiales, par que se haga bien la elección. Para ello se juntarán ocho días antes pero no los declararán hasta el día de la fiesta. Antes de la elección se dirá una Misa al Espíritu Santo.

            Cap. 20.- Cuando nuestros mayordomos nos mandasen que tomemos las andas o el azadón para enterrar a los difuntos u otras cosas cualesquiera y no lo cumplamos, pagaremos de pena medio real.

            Cap. 21.- Si nuestro escribano no viniese a nuestros cabildos, enterramientos o a cualquier cosa para la que fuese llamado, sea penado con media libra de cera. a menos que esté enfermo o ausente. Si sale fuera de la villa deberá poner a otro hermano en su lugar.

            Cap. 22.- Si algún hermano se va del cabildo sin licencia   de los mayordomos, pague de pena diez maravedíes.

            Cap. 23.- Ningún cofrade debe estar en nuestro cabildo con armas ofensivas o defensivas porque no nos juntamos para reñir sino para servir a Dios. Si un cofrade entra con armas y es requerido para que las deje, pagará cuatro onzas de cera la primera vez, media libra por la segunda y una libra por la tercera siendo desterrado de nuestro cabildo. Ningún clérigo ni otros que no sean hermanos de disciplina podrán entrar donde los hermanos se han de desnudar y preparar para la disciplina.

            Cap. 24.- El mayordomo encargado de la cera, cuando le pidan el paño menor para algún difunto, se colocarán dos candelas delante del cuerpo hasta que lo lleven a enterrar.

            Cap. 25.- Los asuntos que se traten en los cabildos serán secretos y si se dicen fuera del cabildo se pagará pena de una libra de cera la primera vez, dos libras la segunda y a la tercera pagará doscientos maravedíes y será desterrado por tres meses de nuestra cofradía.

            Cap. 26.- El mayordomo designará a los hermanos que tienen que pedir limosna para ayudar a pagar las misas.

            Cap. 27.- Si a algún hermano se le ordena hacer la demanda y no quiere aceptar “ porque se le hace cosa empachosa” que pague un real por aquella vez y vuelva de nuevo en su turno. En esto no habrá excusa salvo por enfermedad o vejez.

            Cap. 28.- Que cuando el portero fuese por alguna prenda por algunas penas en que se haya incurrido, si el cofrade la defendiese que caiga en pena de medio real.

            Cap. 29.- Cuando el arca de la cofradía tuviese necesidad de cera o dineros, que los mayordomos convoquen a cabildo general, al cual nadie puede faltar so pena de una libra de cera. Una vez avisados, los ausentes serán tenidos por presentes y estos determinarán lo que convenga.

            Cap. 30.- Cada vez que alguno de nuestros hermanos incurriese en alguna pena, que el portero le saque la prenda como está ordenado dentro del tercer día.

            Cap. 31.- Ninguno de nuestros hermanos estando en cabildo deberá hablar sin la regla o tablas   en la mano.

            Cap. 32.- Todos los hermanos damos poder a nuestros mayordomos   y oficiales y escribano, para que puedan determinar lo que sea mejor para nuestra cofradía, así en repartimientos y penas como en cualquier otra cosa. Y prometemos no contradecir lo que ellos hicieren y nuestro cabildo general no deshaga ninguna cosa que ellos hicieren so pena de una libra de cera   a quien incumpla esta orden.

 

            En los artículos anteriores se contienen las aspiraciones y preocupaciones de aquellos primeros hermanos. En ellas se advierte el cuidado especial puesto en varios temas que pasamos a comentar.

            Se regulan muy detenidamente los procedimientos de entrada de hermanos en sustitución de los fallecidos, admitiéndose a mujeres sólo por ser esposas o hijas de hermanos y discriminándolas al no aceptar su participación en cabildos y procesiones. Tampoco se les permite velar a los enfermos de noche.

            Se pone gran cuidado en las cuestiones económicas tanto en el cobro de cuotas de entrada, entierros, limosnas, etc. como en el control de los hermanos que se ausentan y después vuelven.

            El sistema de penas, detallado hasta la saciedad, se hace siguiendo la recomendación ya mencionada de evitar juramentos que, al incumplirse, hacen caer en perjurio al cofrade.

            Destacan igualmente, por haber caído en desuso, las obligaciones de velar a los difuntos y asistir a los entierros, si bien se mantiene la tradición de cubrir con un paño de la cofradía la caja del difunto cofrade.

            Se señalan como fiestas de la cofradía el Jueves Santo, la fiesta de la Cruz de Mayo y la de la Exaltación de la Cruz en Septiembre. La primera   se mantiene con todo vigor mientras que las otras dos dejaron de celebrarse en esta cofradía. Actualmente, en Septiembre, se celebra el día de la Virgen de la Esperanza.

            La comparación de estas Constituciones con las primitivas de las cofradías de Jesús Nazareno (1593) y de la Virgen de la Soledad (1594), revelan una evidente evolución en las cuatro décadas que median entre la fundación de la Cofradía de la Vera Cruz y la creación de las otras dos.

 

3.3.- LA CUESTIÓN DE LAS DISCIPLINAS.

 

            Que la cofradía de la Vera Cruz fuera una cofradía “de disciplinantes es” algo que merece un comentario ya que actualmente, desaparecida desde hace tiempo esa figura penitencial, difícilmente podemos comprender lo que suponía. Además, entre la documentación que conserva la Hermandad existe copia de una carta que trata expresamente de esta cuestión.

            Durante la Edad Media , la costumbre de aparecer en público con la espalda desnuda y azotándose a sí mismo, para redimir determinados pecados, se había extendido con el beneplácito de la Iglesia como forma de manifestar públicamente arrepentimiento. Practicada en los monasterios sobre todo desde el siglo XI, esta forma de penitencia empezó a divulgarse entre el pueblo a partir del siglo XIII llegando a convertirse en un fenómeno multitudinario en algunos países. En el siglo XIV aparece ligada a la epidemia de peste negra que en dos años (1348-1350) mató en Europa a casi cuarenta millones de personas, cerca de la mitad de la población europea de entonces; muchos pueblos quedaron desiertos y la miseria fue imparable en todos los países afectados. Se interpretaba que la peste no podía ser más que un castigo divino y, con la intención de aplacar la ira de Dios, se multiplican las manifestaciones públicas de flagelantes. “Eran grupos de personas que ... saliendo de su patria bajo el estandarte del crucifijo, sin detenerse nunca dos noches en el mismo lugar fuera de los domingos, al cabo de treinta y dos días y medio   regresaban a sus casas. Hacían la penitencia todos los días mañana y tarde desnudando sus cuerpos hasta la cintura; y se flagelaban con azotes nudosos, erizados de pinchos, golpeándose con tres cordeles; y a cada golpe saltaba la sangre. Tenían estos sus guías que solían ser sus párrocos o religiosos mendicantes. (...) tenían su canto especial que cantaban al flagelarse, cayendo de bruces sobre la tierra una y otra vez y levantándose, con lo que movían a lágrimas a los espectadores.”.

              Pronto se observó sin embargo que esta forma de penitencia terminaba con frecuencia en excesos escandalosos y difícilmente justificables. Que se produjera la muerte por efecto de la autoflajelación, no era cosa inaudita, pero tampoco lo era el fraude basado en aparentar más daño del que en realidad se recibía; además, en ocasiones cometieron actos de violencia contra los judíos e incluso contra la jerarquía eclesiástica. Desde el punto de vista teológico y moral, los disciplinantes también planteaban serios problemas a la Iglesia ya que a veces sostuvieron que la penitencia por sí misma y en concreto el derramamiento de sangre por la flagelación justificaba al pecador, lo que les llevaba a despreciar los sacramentos y los demás medios de salvación. Estos errores fueron condenados en el Concilio de Constanza (1414-1418) y se prohibieron las agrupaciones de flagelantes. Por eso cuando sólo unos años después de terminado el concilio, comienzan a crearse las cofradías de la Vera Cruz de disciplinantes, era lógico que la Iglesia tomara grandes precauciones para evitar los excesos en que aquellos habían caído.

            Sin embargo, la pretensión de los disciplinantes sigue teniendo un fuerte fundamento teológico y evangélico que los nuevos cofrades hacen explícito en sus constituciones. Así, afirman que “por la Encarnación , el Hijo de Dios se hizo hombre para hacer a los hombres santos   derramando su preciosa sangre en el árbol de la Santa Vera Cruz” y que “ante el recuerdo de la sangre redentora   sobre el verde árbol de la Cruz , confiesan que nuestra principal intención es que cada uno de nosotros se discipline según y por la fórmula que esta nuestra regla y bulla hace mención... porque aquesto es remembranza de la sangre que nuestro redentor Jesucristo derramó por nosotros pecadores y para que él, por los méritos de ella, haya misericordia de nuestras almas y de todos los fieles cristianos... porque si juntamente con él padecemos, juntamente también seremos glorificados”.            

Apoyándose en esos fundamentos, las cofradías de disciplinantes se extienden por toda Europa teniendo en España como uno de sus principales impulsores al valenciano Vicente Ferrer que se hacía acompañar por una compañía de flagelantes en sus periplos como predicador.   Pero los   excesos que con frecuencia se producían levantaron una controversia en la que intervino con gran resonancia el teólogo Juan Gerson , poniendo graves objeciones al uso de la penitencia corporal pública. Dichas objeciones produjeron una gran inquietud entre las cofradías de la Vera Cruz , siendo en España la de Toledo, la que tomó la decisión de solicitar del cardenal español Francisco de Quiñones y al doctor Pedro Ortiz , una aclaración a las objeciones de Juan Gerson.

            Los dos españoles consultaron el asunto directamente con el papa Pablo III y posteriormente, con fecha 5 de Febrero de 1536 el doctor Ortiz escribió una carta a los cofrades de Toledo que supuso un nuevo impulso para las cofradías de la Vera Cruz y que, copiada para todas las cofradías que la solicitaron, es la que consta en los documentos fundacionales de la Cofradía prieguense. En su primera parte el documento señala las circunstancias que hacían reprobable la disciplina penitencial y en la segunda indica con qué condiciones la disciplina se justifica según la ortodoxia cristiana del momento.

            He aquí un resumen del documento, realizada directamente sobre el que posee la Hermandad de Jesús en la Columna. Dispuesto a modo de preámbulo de las primitivas constituciones, en él se relata   cómo el “cristianísimo doctor Jerson”, escribió una carta durante el Concilio de Constanza en la que se quejaba de la costumbre de los disciplinantes en España con los siguientes argumentos; la costumbre es reprehensible cuando de la disciplina “ se deriva notable detrimento de la salud... quedando los disciplinantes impedidos para asistir a los oficios divinos..., cuando van descubiertos de forma que... pueden provocar malos pensamientos a las personas frágiles que los miran y también cuando los disciplinantes ponen su esperanza o principal confianza en aquella disciplina, quedando sus almas indisciplinadas”.

            Se admite en cambio que la disciplina será “ santa y loable”, cuando se dan las condiciones contrarias, es decir, cuando se hace con moderación de forma que no llegue a dañar la salud, cuando se toma con hábito honesto y “cuando los disciplinantes su principal confianza ponen en nuestro Señor Jesucristo... arrepintiéndose de sus pecados y confesándolos...”.

Seguidamente se transmiten las gracias e indulgencias otorgadas por el Papa a través del Cardenal de Santa Cruz – Francisco de Quiñones - para “las cofradías de disciplinantes que hay en los reinos de España”, lo que suponía, no sólo la permisividad de la Iglesia ante las actividades penitenciales de las Cofradías de la Vera Cruz , sino un fenomenal impulso para su implantación por ciudades y pueblos .

            Como ya se ha visto, en varios artículos de las primitivas Constituciones se regula la forma de hacer las disciplinas. Antes de salir en la procesión de disciplinantes, que recorría varias estaciones siendo una de ellas la iglesia matriz de Santa María, los cofrades debían confesar y comulgar, así como perdonar a los hermanos con quienes estuvieran enemistados; además, se ponía especial cuidado en que el momento de desnudarse y vestirse para la disciplina, no pudiera ser contemplado por otras personas a fin de evitar que alguien se pudiera escandalizar.

            No fue en Priego la Confradía de la Vera Cruz la única de disciplinantes ya que cuatro décadas después se fundó la Cofradía de la Soledad (1594) en cuyas Constituciones primitivas también se dan normas sobre este modo de penitencia. Una de estas normas, que no consta en las Constituciones de la Vera Cruz dice así: “Ordenamos que el mayordomo tenga prevenido lo que convenga para la cura de los hermanos que fueren heridos de la disciplina a costa de la cofradía, y lo que gastaren mandamos se le reciba en cuentas”. Es de suponer que un proceder semejante se seguiría en la cofradía de la Vera Cruz.

 

Véase Apéndice 1

García Villoslada R. y Llorca B. Op. Cit. Tomo III, pág. 107  

Nieto Cumplido, M. Op. Cit. Pág. 28.

 

Jean Gerson, predicador y teólogo francés (1363-1429) y canciller de la Universidad de París,   fue un personaje clave en la solución del cisma de Occidente y en las deliberaciones del Concilio de Constanza.

 

Había sido Ministro General de la Orden Franciscana a partir de 1523 y fue nombrado cardenal en 1527.

Era el representante en Roma del Emperador Carlos V en Roma, para la causa matrimonial de su tía Catalina, reina de Inglaterra.

Ros, Carlos et alt. “Historia de la Iglesia de Sevilla”, Editorial Castillejo. Sevilla 1992.   pág. 344.

 

Alcalá Ortiz, E. “Soledad en todos”. Priego de Córdoba, 1994. Pág. 36.  

 

 

 

 

 

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