HISTORIA DE LA HERMANDAD DE LA SANTA VERACRUZ Y NUESTRO PADRE JESÚS EN LA COLUMNA

Autor: Miguel Forcada Serrano

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CAPÍTULO 4

 

LA COFRADIA DE LA VERA CRUZ ENTRE 1550 Y 1642

 

            De las vicisitudes ocurridas en la cofradía durante la primera etapa tras la fundación, no nos han quedado demasiadas noticias. Sí puede intuirse en cambio cual sería la vida ordinaria, la actividad normal de los cofrades. A pesar de todo, podemos documentar algunos hechos notables.

           

4.1.- LA BULA DEL CARDENAL ALEJANDRO FARNESIO  

 

            Uno de los hechos de mayor importancia de esta etapa fue la solicitud presentada en Roma por la Cofradía , a consecuencia de la cual se logró una “bula” otorgada por el Cardenal Alejandro Farnesio. Con esta bula, la Cofradía de la Santa Vera Cruz conseguía prácticamente las mismas gracias y beneficios espirituales   que habían sido concedidos sólo tres años antes a la Archicofradía de la imagen del Santísimo Crucificado, con sede en la Iglesia de San Marcelo de Roma, por el Papa Gregorio XIII.

 

            Se ignora qué hermanos de la Cofradía realizaron los trámites necesarios para cursar la petición, pero se sabe, pues así consta en el texto de la bula, que fue un clérigo perteneciente a la diócesis de Zamora, llamado Alfonso de Ponce, quien actuó de procurador legalmente acreditado, representando a la cofradía prieguense ante la Santa Sede.

 

            En cuanto a los aspectos formales del documento, se trata de una pieza de papel de 43 centímetros de alto por 53 centímetros de ancho. Los bordes están ocupados por una orla de hojarasca coloreada. En el centro y en los extremos de la parte superior de la orla hay tres medallones con dibujos en miniatura. En el del centro, de 6,5 centímetros de diámetro, se representa a un Crucificado que tiene a ambos lados a dos penitentes   encapuchados y arrodillados en actitud de oración; este motivo hace sin duda   referencia a la imagen titular de la Cofradía de la Iglesia de San Marcelo de Roma objeto de la bula original del Papa Gregorio XIII. En el medallón de la izquierda se reproducen las armas del citado pontífice   y en el de la derecha, las del Cardenal Alejandro Farnesio. El documento está encabezado con la palabra “Alexander” escrita en letras mayúsculas, siendo la primera de 4,6 centímetros de alta, que ocupan toda la primera línea; a continuación siguen 46 líneas escritas con letra que aún se lee con claridad   a pesar de pequeños desperfectos producidos a lo largo de los siglos.    

 

            El contenido de la bula es el siguiente. El Cardenal Alejandro Farnesio, Vicecanciller de la Santa Iglesia Romana, Obispo de Túsculo y protector de la Venerable Archicofradía de la imagen del Santísimo Crucificado en la Iglesia de San Marcelo de Roma, así como Cristóbal Alciato y Valerio Valle, custodios de la misma archicofradía y Paulo Lurago, camarero, se dirigen “ a todos   y a   cada uno de los muy queridos en Cristo Cofrades de la hermandad de la Vera Cruz y de la imagen del Santísimo Crucificado, en la iglesia de la predicha hermandad, sita en la ciudad de Pliego, perteneciente a la Abadía de Alcalá la Real , en la diócesis de Jaén” , deseándoles “salud y paz sempiterna en el Señor”. Dice después que la devoción con que los cofrades de Priego honran al Santísimo Crucificado y las muchas obras de caridad en las que “sabemos que de contínuo os ejercitais, ... nos inducen a compartir con vosotros y con vuestros sucesores... los privilegios e indulgencias concedidas por la sede apostólica a nuestra Archicofradía”.

 

            A continuación se transcribe literalmente la bula emanada del Papa Gregorio XIII. En ella se explica que el Papa, para conducir a los fieles hasta la patria celestial, concede gracias e indulgencias   a los que visiten con devoción los templos de Dios y reciban los sacramentos de la confesión y la comunión. Así quiere hacerlo con los hermanos de la Archicofradía del Santísimo Crucificado pues sabe que ellos practican obras de misericordia hacia los pobres enfermos, les visitan y socorren, sepultan sus cadáveres, entre otras buenas obras. Además, recitan el oficio y asisten a él en algunas festividades   y en los días de cuaresma; también señala como mérito de estos hermanos el que ayuden en los gastos   que se efectúan para terminar de construir su oratorio. Por todo ello les concede las siguientes gracias que, en virtud de la bula del Cardenal Farnesio, alcanzaban ahora a los hermanos de la Cofradía de la Vera Cruz de Priego:

 

            1.- Indulgencia plenaria a todos los que ingresen en la cofradía, siempre que hayan confesado y recibido la Eucaristía

            2.- Indulgencia plenaria a los cofrades que confiesen y comulguen en el día de la festividad de Pascua de Resurrección.

            3.- Indulgencia plenaria a los cofrades contritos y arrepentidos en el momento de la muerte.

            Para promover la asistencia de los fieles a la capilla de la Archicofradía , se conceden las siguientes indulgencias:

            4.- A los cofrades, indulgencia plenaria con remisión de todos sus pecados a quienes visiten la capilla del Santísimo Crucificado en la Iglesia de San Marcelo el quinto día de la Semana Santa (jueves).

            5.- Indulgencia plenaria a quienes eleven preces por la exaltación de la fe católica, la extirpación de las herejías y la conversión de los infieles.

            6.- A los cofrades que intervengan en la procesión que cada año organiza   la archicofradía el quinto día de la Semana Santa , se le conceden siete años “y otras tantas cuarentenas” de indulgencias.

            7.- A los cofrades que recen en la capilla los Viernes o cualquier otro día, se les conceden siete días de indulgencias   y a quienes acudan a dar sepultura a los fieles cristianos, cien días de indulgencias.

            8.- A quienes – cofrades o no – acompañen al Santo Sacramento mientras se le lleva a algún enfermo, o se hinquen de rodillas y recen al oir la campana, cien días.

            9.- A quienes visiten en Roma la Basílica   y recen ante el Santísimo Crucificado, de la archicofradía, cien días.

            Por último se concede que las cofradías canónicamente constituidas puedan ser agregadas a la archicofradía de   Roma   y participar de todas y cada una de las gracias antedichas.

 

            La bula termina con estas palabras: “Dado en Roma, en San Pedro, el año de la Encarnación del Señor mil quinientos setenta y tres, en las Idus de Febrero, segundo año de nuestro Pontificado.”

 

            Prosigue a partir de aquí la misiva del Cardenal Farnesio quien, haciéndose eco de las preces presentadas por la cofradía prieguense a través del “Magnífico Varón, el señor Alfonso de Ponce... procurador vuestro... os agregamos a nuestro consorcio con toda clase de favores”. En consecuencia, concede a la cofradía de la Vera Cruz de Priego las mismas gracias e indulgencias que tiene la archicofradía matriz, “salvo las de las estaciones en la urbe romana”. Se insiste en que para obtener las indulgencias   se requiere estar verdaderamente arrepentidos y confesados y obligarse a recibir la Eucaristía , visitar la capilla de la cofradía y rezar en ella. El cardenal Farnesio firma la bula en Roma el día 5 de Agosto de 1576.

 

4.2.- LA VIDA INTERNA DE LA COFRADÍA

 

            La falta de documentación sobre esta primera época de la cofradía, no nos permite reconstruir con detalle la actuación de los cofrades excepto en lo que puede deducirse del cumplimiento de las Constituciones y de las referencias directas que tenemos de otras cofradías.

 

            La presencia de los cofrades era requerida principalmente en los siguientes casos. Debían asistir   a Misa en los días de la Santa Cruz (Mayo), y de la Exaltación de la Santa Cruz (Septiembre); en ambos días podía haber procesión con trompetas y música aunque no hay constancia de que estas procesiones se efectuaran, al menos de forma pública en las calles de la villa. También se llama en las Constituciones primitivas a una Misa todos los viernes del año y el segundo día de cada una de las Pascuas.

 

            Por otra parte, era fundamental la asistencia a los enfermos y difuntos; los cofrades enfermos eran visitados por los hermanos mayores y en el momento del fallecimiento, los cofrades cuya vivienda estuviera más cercana a la del fallecido, debían asistir durante la noche al velatorio; por último todos los cofrades estaban obligados a asistir a la misa por el difunto y al enterramiento; si era necesario se podía requerir a los cofrades para cavar la tumba.

 

            No eran pocas las obligaciones económicas de los miembros de la cofradía. Para ser recibida como cofrade, cualquier persona debía pagar cuatro reales a la cofradía, un real al escribano y medio real al portero, además de confeccionarse su túnica y sus disciplinas si entraba como “hermanos de sangre” o de aportar medio ducado y una libra de cera si entraba como “hermano de lumbre”.   Para asegurarse las 15 misas   que se ofrecen por   un cofrade fallecido, este debe haber pagado su luminaria, que se valora en cuarenta maravedíes. Si un cofrade no estaba, al fallecer,   al corriente de sus pagos se le dirá una sola misa pero si carecía de recursos se le decían las quince y los gastos del enterramiento corrían de cuenta de la Cofradía. La cuota anual para los hermanos era de 17 maravedíes de luminaria.

 

            Las arcas de la cofradía no se abastecían sólo de estas cuotas. Otras fuentes de recursos eran las limosnas que se pedían en todas las misas de la Cofradía y a veces en las calles de la villa, así como las multas que se imponían a los hermanos por no cumplir, no habiendo legítimo impedimento, las obligaciones fijadas en las Constituciones. Así, por no asistir a la Misa mayor del Jueves Santo, se pagará medio real; por no perdonar a un hermano que en cabildo te pide perdón, se pagan dos libras de cera y si no quiere pagar se le expulsará del cabildo; por no asistir al cabildo del Jueves Santo se paga una libra de cera    y si los hermanos mayores y el mayordomo no tienen preparado todo lo necesario para la procesión del Jueves Santo, pagará cada uno tres libras de cera. El cofrade que no asiste a las misas de Pascua pagará diez maravedíes y el que no asiste al entierro de un cofrade, la misma cantidad; los cofrades clérigos cobran medio real por decir la misa de difuntos pero si no acuden a celebrarla pagarán la misma cantidad a la cofradía y los hermanos mayores que no acudan a visitar a un hermano enfermo habiendo sido avisados, pagarán un real de plata. El cofrade que sea elegido para un cargo y lo rechace, debe pagar tres reales y el que no obedezca al mayordomo que le pide ayuda en un entierro, pagará medio real. Si el escribano es llamado y no asiste, pagará media libra de cera y si un hermano se sale del cabildo debe pagar diez maravedíes. Si un hermano entra con armas a cabildo y siendo avisado, se niega a dejar las armas, pagará cuatro onzas de cera. Por no guardar el secreto de lo que se habla en el cabildo se pagará una libra de cera la primera vez, dos la segunda y doscientos maravedíes por la tercera, además de sufrir, en este último caso, tres meses de destierro de la cofradía.

 

            Todavía tenía la cofradía otras entradas de dinero. Si una persona, no perteneciente a la cofradía, les encomendaba encargarse de su entierro, debía pagar 22 reales, con lo que todos los hermanos estaban obligados a asistir al entierro como si el fallecido fuera cofrade.

 

            No sabemos si este complejo sistema de multas y cuotas era llevado a la práctica con rigor, sin embargo nos atrevemos a decir que no debía resultar barato la pertenencia a la cofradía y que, comparando cifras y situaciones económicas tan dispares como la de mediados del siglo XVI y la de principios del XXI, es posible que ahora resulte, para un hermano normal, más barata que entonces la condición de cofrade.

 

            Pero el momento culminante, cada año, en la vida de la cofradía, no podía ser otro que el de la procesión que tenía lugar en la noche del Jueves Santo.

 

            Esta requería grandes preparativos por lo el primer día de Cuaresma la cofradía se reunía en cabildo para comenzar la organización de los actos y el Domingo de Ramos se realizaba un nuevo cabildo en el que los Hermanos Mayores   estaban obligados a tener ya dispuesto todo lo necesario, y entre otras cosas habían de “tener colgadas en la sala o lugar donde nos hubiésenos de juntar las túnicas y disciplinas   con mucho concierto y orden...” En la procesión participaban todos los hermanos y hermanas que no estuvieran impedidos. La mayor parte de ellos portaban hachones de cera encendidos y un grupo reducido tenía el privilegio de llevar las andas sobre las que se colocaban la Vera Cruz y a partir de mediados del siglo XVII, la imagen de Jesús en la Columna.

 

            Junto a las imágenes, la atención popular se concentraba en el grupo de los llamados “hermanos de sangre” o disciplinantes, que sólo podían ser varones. Iban estos, a lo largo de todo el trayecto, con las espaldas desnudas   y flagelándose con mayor o menor violencia según su voluntad les permitía, aunque con frecuencia llegaban al derramamiento de sangre. Como antes hemos apuntado y a pesar de la moderación que en esta manifestación penitencial había decretado la Iglesia , la escena resultaba lúgubre y violenta para quienes la presenciaban pues el entorno ayudaba a ello. Acostumbrados ahora a la perfecta iluminación nocturna de las calles, no imaginamos lo que era salir a la calle hace tres siglos en la total oscuridad de una noche sin luna. En la procesión, se iluminaba el paso del cortejo tan sólo por la luz temblorosa de hachones de cera o lámparas de aceite; envueltos en esa semioscuridad caminaban los disciplinantes, a cara descubierta, aunque probablemente encorvados para facilitar la flagelación y porque un cierto sentido teatral no había sido totalmente eliminado por los decretos eclesiales.

 

            Terminado el desfile procesional, los disciplinantes se sometían en la sacristía de la Cofradía al lavatorio y cura de sus heridas, lo que solía hacerse con un ungüento hecho a base de vino y aceite.

 

Según consta en las Constituciones de algunas cofradías , aunque no en la de Priego, la autoflagelación se hacía “ en remembranza   de la sangre que nuestro redemptor JesuChristo derramó por nosotros pecadores   y para que él, por los méritos della, aya misericordia de nuestras ánimas y de todos los fieles christianos”.

 

4.3.- LA PRIMERA PROCESIÓN DE MAYO

 

Otro hecho que consideramos importante por su trascendencia posterior en el devenir cofradiero prieguense, es la procesión que por referencias indirectas conocemos se hizo seguramente el día 19 de Mayo de 1593. En esa fecha y de forma extraordinaria la Cofradía de la Vera Cruz   rompe su tradición de salir de su capilla sólo el Jueves Santo y sale en procesión   a causa de una gran sequía que se sufría aquel año   y para pedir la lluvia. La comitiva recorrió un itinerario que pasaba por varias iglesias   incluyendo la calle Río en dirección ascendente, aunque no la calle Málaga.

Hay que dar especial relevancia a esta procesión ya que al parecer la iniciativa   de la Cofradía de la Vera Cruz fue seguida unos días más tarde por la Hermandad de Jesús Nazareno que acababa de fundarse el año anterior y que siguió el mismo itinerario que la procesión de la Vera Cruz. Pero sobre todo es importante porque puede estar en esta procesión el origen de las fiestas de Mayo, quedando en ese caso explícito desde el principio el motivo que empujó a las cofradías   prieguenses a organizar estas fiestas: pedir   a Dios la lluvia tan necesaria para conseguir los frutos del campo. Pero este asunto será analizado más adelante.

 

4.4.- EL MANTENIMIENTO ECONÓMICO DE LA COFRADÍA. LOS CENSOS

 

Hasta que fueron suprimidos ya en pleno siglo XIX, los censos fueron otra importante fuente de ingresos para las iglesias y cofradías. En la que estudiamos, se documenta el primer censo en el año 1624, continuando desde entonces el establecimiento de estos beneficios en constante aumento durante todo el siglo XVII y XVIII.

 

En la fecha citada se escrituran títulos de propiedad para la Cofradía de la Vera Cruz de un capital de censo con réditos de 1500 reales de vellón anuales, sobre unas casas situadas en el Torrejón que eran de Bartolomé Morales, réditos que deben pagarse el día de la Virgen de Agosto.      

En 1625 tiene origen un expediente de censos que llegará a ocupar 93 hojas entre las que están algunos de los documentos más antiguos que posee la hermandad. Pedro Sánchez Gómez y Francisca Carrillo, su mujer, se comprometen a pagar los réditos del censo constituido por Cristóbal Carrillo, clérigo ya difunto, sobre un pedazo de tierra con viña, olivos y huerta, de aranzada y media de superficie y situada en Genilla, lindante con el camino de Carcabuey y con el río Genilla. Pagarán 2.500 maravedíes de censo cada año y se comprometen a decir misas en el monasterio de San Francisco. Si no cumplen lo establecido la   finca pasará a ser de la cofradía.

 

Más adelante la cofradía se presenta ante la justicia afirmando que como las misas no se dicen, la finca debe pasar a propiedad de la Hermandad , pero un particular se queda con la finca aceptando un censo para ellos y sus herederos de 28.000 maravedíes. En 1677 la finca está efectivamente en propiedad de la cofradía que cada año la pone en venta o la arrienda   hasta que en 1695 el Abad de Alcalá ordena que se ofrezca en almoneda. Pero los vínculos entre dicha finca y la cofradía no se habían perdido medio siglo más tarde ya que en 1757 continúa el expediente en el que se constata que ahora es propiedad de Miguel Sánchez Guillén que la tiene con un censo de 140 ducados de principal, de los que paga créditos a la cofradía de la Vera Cruz. Finalmente en 1763 se produce un nuevo reconocimiento del censo por parte de Francisco López Rey a petición de Francisco Santaella, mayordomo de la cofradía, que recibe 46 reales y 11 maravedíes anuales en las fechas de Navidad.

 

4.5.- LA SEDE DE LA COFRADÍA Y SU PATRIMONIO

 

Ignoramos en qué lugar tenía su sede la Cofradía de la Vera Cruz desde el momento de su fundación hasta la época en que se construye la capilla de Jesús en la Columna , sede actual de la Hermandad. Durante la segunda mitad del siglo XVI hemos de imaginar la iglesia de San Francisco con un aspecto muy distinto del actual; no existían las capillas de la Orden Tercera , ni las de Jesús en el Columna y Jesús Nazareno. Podían existir en este lateral norte de la nave principal pequeñas capillas que pudieran ser ocupadas o hubiesen sido construidas por las cofradías anteriormente existentes o por las que se iban fundando, pero no hay constancia de que tuvieran allí capilla los cofrades de la Vera Cruz. La documentación de esta época habla   reiteradamente de que la Cofradía tiene su sede en el Monasterio de San Esteban de la Orden de San Francisco. Aunque ello   no quiera decir que la sede estaba en el monasterio y no en la iglesia sino que probablemente se habla de esa forma por considerar la iglesia parte integrante del convento. También podría ocupar la cofradía uno de los altares del lateral sur de la Iglesia , pero el hecho es que no podemos afirmar con exactitud el lugar que ocupaba.

 

En cuanto al patrimonio, tampoco podemos concretar la relación de bienes y utensilios propiedad de la Cofradía en el primer siglo de su existencia. El primer inventario, el más antiguo, data de 1690, cuando ya estaba fundada la Hermandad de Jesús en la Columna. Sí resulta de interés constatar que en ese inventario, que analizaremos en su momento, se relacionan los objetos en dos grandes apartados; el primero de ellos se dice que estaban depositados en la ermita del Santo Cristo, en la calle Málaga, lo que indica que esa ermita era utilizada por la Cofradía de la Vera Cruz , aunque no sabemos desde qué fecha.

 

            En 1613 Dª María de Castroverde mujer de Luis de Rueda y Palomar lega a la antigua imagen de Ntra. Sra. un corpiño de damasco encarnado granjeado con franjones de plata oro y ribetes de terciopelo y forrado en lienzo encarnado

 

 

Constituciones de la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Priego de Córdoba, cap. 6.

 

Ventura Gracia, Miguel. “ La Vera Cruz de Espejo”, en Alto Guadalquivir, 1995, pág. 114.

Peláez del Rosal, M. “Historia de la Cofradía y Hermandad de Jesús Nazareno”. Priego 1992, pág. 16.

Archivo de la Hermandad de Jesús en la Columna (AHJC). Documento 1-41

AHJC.- Doc. 1-34.

 

Peláez del Rosal M. y Rivas Carmona, J. “Priegoa de Córdoba. Guía Histórica y artística de la ciudad”, pag. 334 y sg.

 

 

 

 

 

 

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